Jó agarraba tan fuerte el brazo del Alcalde que éste tuvo que darle un codazo. El chico se contrajo pero su tío no se arrepintió lo más mínimo. El idiota iba a hacer que los descubrieran. Policía y con esa edad, uno tiene que ser consciente de todas sus acciones y Jó era lo más estúpido que uno se podía echar a la cara y encima era familia suya. Por ejemplo, ¿qué policía no lleva munición encima? El Alcalde se acababa de enterara de que ni él ni Barres la llevaban. Vaya par de necios.

La más fiera era Astrid. Desde que entró a trabajar allí, esa mujer imponía respeto; bajita, rubia, con gafas y vestida con traje de chaqueta como una de esas institutrices alemanas que solían llevar fusta como arma para los niños. Solo que Astrid llevaba un portaminas. Dedito gordo saca la punta, dedito gordo la vuelve a introducir. El mismo portaminas que ahora navegaba en el ojo izquierdo de Barres.

Julia y Maia intentaban colarse por delante de Astrid. Querían arrebatarle algún trozo de policía gordo. Lo intentaban, pero Astrid les gruñía, las empujaba protegiendo su comida.

— ¿Qué hacemos? – susurró Jó.

El Alcalde mantenía sujetas las tablillas de la persiana y desde allí observaban el horror. Encerrados en su despacho. A oscuras. Intentando pensar que pasaría después. Pues de un momento a otro, las Administrativos irían a por ellos. Estaba claro. Cuando hubiesen destrozado por completo a Barres. O antes. Julia los había visto meterse allí. Julia pareció recordarlo y se giró. El Alcalde soltó la persiana y el chasquido retumbó en toda la sala.

— ¡Busca algo con qué defenderte! –le dijo al idiota de su sobrino que había dado un paso atrás cagado de miedo. En la penumbra podía ver su aspecto escuchimizado como el de un espantapájaros. — Vienen hacia aquí, imbécil. ¡Piensa en algo!

El Alcalde cogió el abrecartas de su mesa. Era poco punzante, fino, estrecho pero la hoja cortaba como la de un bisturí. Se lo trajo de Cuba aquella vez que disfrutó tanto de las mujeres. Serviría. Una silueta se fue señalando tras las persianas. Por su altura: Julia. Morena, lacia, fea y deseable por cualquier entrenador de baloncesto femenino. Su cuerpo chocó contra el cristal como si estuviera sonámbula o ciega. Una y otra vez, con desgana. Era como si se hubiesen vuelto tontas. Tontas que a la hora de comer despedazaban como alimañas.

Otra forma apareció en los ventanales. Maia. La única chica medianamente apetecible para todos los hombres del edificio. Maia era la típica noruega de veintitantos, de pelo castaño y buen tipo; ojos verdes, ahora en cuencas de color carmesí. Maia había abofeteado a muchos, incluido al Alcalde, y había salido con muy pocos. Las malas lenguas la situaban junto a Julia, en la intimidad, siempre se les veía juntas. Aunque en este instante ambas quisieran comer hombres.

Ese día no iba a llegar.

Cuando el Alcalde miró a su alrededor, su sobrino ya no estaba. Tardó un par de segundos en darse cuenta de que se había escondido bajo la mesa de la secretaria. Le sobresalían los pies. Menudo inútil.

— Somos más rápidos. En cuanto entren sólo tenemos que salir corriendo –dijo desde allí

— ¿Para qué te escondes entonces?

De todas formas era una buena idea. El Alcalde bordeó la mesa y se recostó a su lado. Quizás no los vieran. Tal vez, no supieran buscar.

— Échate a un lado y encoge los pies, idiota. Deberías estar protegiéndome. ¿No os enseñan defensa personal en la academia?

El estruendo. Cristales que se estrellan contra el suelo. Gemidos. Una puerta que se abre. Las mamparas resquebrajándose. Pies que pisan restos. La puerta descolgándose. El crepitar del suelo. El Alcalde empuñó con fuerza el abrecartas y Jó su grapadora.

¿Hay alguien?

Una voz retumbó en la oficina. De pronto, silencio. No hubo pasos sobre el parqué. Una palabra ininteligible. El Alcalde y su sobrino se observaron mutuamente. ¿Quién? La misma voz:

— Algo terrible le ha ocurrido a los niños. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Dónde está Barres? Pero… ¿Qué está pasando? Eh… ¿qué os pasa? Astrid, soy yo, Tutunlu. ¡Suéltame el brazo…!

Adrian Tutunlu. Un granjero de las afueras cuyo mísero problema venía y lo denunciaba al ayuntamiento. El típico que no tenía donde caerse muerto y sólo daba por culo. Sobre todo, se metía en todos los fregados para oponerse a las licencias de obras para nuevas construcciones de cadenas hoteleras y núcleos residenciales. Tutunlu no era amigo del Alcalde. Y por lo que se escuchaba, jamás lo sería. 

— ¿Dónde vas? –dijo sujetando el brazo de su sobrino.

— ¿No lo has oído? En la guardería ha ocurrido algo. Sarita está allí.

— No ha dicho nada de eso –mintió. — Siéntate o te mataran.

Pero Jó dio un tirón y se puso en pie. El Alcalde supo que había llegado el momento. Intentó tantear otras opciones pero su cerebro se distraía. Salir corriendo. Estaban en la primera planta. No había salida. No iban a tirarse por las ventanas. Era un primer piso, pero tan alto como para matarte. O eso, o enfrentarse a las Administrativos. Estaba claro. Aunque por ahora todos habían acabado mal.

Tutunlu ya ni se oía. Miró a su sobrino. Por la expresión de sus ojos, Tutunlu se había convertido en carne para la bestia.